viernes, 4 de marzo de 2016

Todos tenemos miedo de morir

En 2010, recién desempacada en Acapulco, me pidieron para una revista que hiciera un recuento de la violencia en la ciudad. Para hacerlo hablé con algunos amigos reporteros que estaban mejor enterados que yo de cómo estaba la cosa. Hoy reencontré el texto que no me dijeron entonces si se publicó y tampoco pregunté. La guerra contra el narco llevaba entonces cuatro años. Han pasado otros seis de los que ya no he llevado la cuenta. Como habitante de la ciudad me parece que ahora tenemos menos miedo que el que sentíamos entonces, pero no me parece que las cosas hayan mejorado, sino que de alguna manera extraña nos fuimos acostumbrando a seguir con nuestras vidas en medio de todo el caos. Volvimos a salir a las calles, a los bares, retomamos la vida... porque como escuché decir a una señora en un taxi colectivo en aquel entonces, mientras esperábamos que la tránsito vehicular volviera a la normalidad después de un tiroteo, "uno quisiera quedarse encerrado en su casa, pero a ver, hay que llegar al trabajo". Les comparto ahora, seis años después, este escrito que me recuerda el miedo sentía:

Acapulco: Todos tenemos miedo de morir

La noche del sábado 17 de abril de 2010, algunos reporteros y fotógrafos de la fuente policial acapulqueña coincidieron en un pequeño bar del centro, cerca del zócalo porteño. El calor justificaba las cervezas frías. El tema inevitable: la ola de violencia que se había desatado en Acapulco. 
El crimen organizado dejó en el municipio, según reportes oficiales, 52 muertos durante el primer trimestre de 2010. Los reporteros consideraron que era una cifra tibia, pero ninguno se planteaba la posibilidad de investigar. 
–Todos tenemos miedo de morirnos –dijo uno de ellos–, tenemos miedo. –Repitió y clavó la mirada en su vaso de cerveza. Una mirada acuosa, asustada. 
No era para menos, en las últimas semanas todos los reporteros encargados de la fuente policial de los diarios locales, algunos corresponsales de periódicos nacionales y varios fotógrafos de agencias habían sido amenazados.
–No sabemos quién llama. –Dijo una periodista– No llaman a las redacciones, sino a nuestros celulares, nos dicen que saben dónde vivimos, que tienen localizadas a nuestras familias, y que si seguimos publicando nos van a partir la madre a nosotros, pero antes a nuestros familiares. 
–Por eso mejor bebo para olvidarme un rato de lo que puede pasar –dijo otro más, un poco en broma. Pero no logró completar la sonrisa. 
Pertenecían a distintos medios, pero daban la impresión de ser parte de un batallón en receso preparándose para la siguiente contienda. 
Me contaron que en algunos diarios se había tomado la decisión de mandar a los titulares de la fuente policiaca de vacaciones y rotarla entre los otros reporteros, o de plano esperar el boletín oficial para no correr riesgos. Las notas se firmaban con seudónimo o era la redacción del diario la que se hacía responsable de la publicación. Por eso mismo, pidieron anonimato para hablar de su experiencia, los que no hablaron de miedo, argumentaron que sus medios prohibían que su nombre apareciera en otras publicaciones.
En algunos casos la experiencia incluía conversaciones con supuestos agentes federales que solicitaron que una determinada foto o información no se publicara. 
–Les hacemos caso. Para saber si de veras son lo que dicen o de dónde vienen. ¿Para qué me arriesgo? –Dijo un fotógrafo, quien el miércoles 14 de abril de 2010, después de un tiroteo en la costera, recibió la visita de unos presuntos agentes que le pidieron que omitiera la imagen de los civiles muertos en el enfrentamiento. Sus armas son persuasivas.
–Me encañonaron y todo. –Sonríe nervioso antes de beber un trago de su cerveza oscura.
Sonó la alerta de un radio. En el fraccionamiento Las Playas estaban quemando coches. Avisaron a los bomberos, cuando estos llegaron un grupo de hombres armados evitó que se acercaran al lugar. Reporteros y fotógrafos se miraron. Era como si sus miradas dijeran a coro: “Todos tenemos miedo de morirnos”. 

Guerra en el paraíso
En el 2005 a los acapulqueños les parecía impensable que pudieran ser testigos de un tiroteo. Ahora, las ejecuciones, enfrentamientos y granadazos se han vuelto parte de la vida cotidiana en el llamado Paraíso de América. 
Ya entonces se sabía que el puerto era territorio del Cartel de Sinaloa y estaba operado por Arturo Beltrán Leyva, el jefe de jefes, y Edgar Valdez Villarreal, La Barbie, quienes controlaban, respectivamente, la distribución de droga en el puerto y las actividades de Los pelones, grupo armado al servicio de esta corporación delictiva; sin embargo, sus actividades pasaban desapercibidas para el común de la población. 
La primera señal de que Acapulco iba a dejar de ser un paraíso fue el asesinato de Julio Carlos Soto López, subdirector de la Policía Investigadora Ministerial, la madrugada del 2 de agosto de 2005, al salir de un restaurante de la Avenida Costera, en plena zona Dorada. 
Soto López llevaba tres meses en el cargo, antes de eso había sido subdirector de la Policía Judicial de Morelos durante el periodo en que esta corporación fue dirigida por Agustín Montiel López, actualmente condenado a 33 años de prisión en el penal de Almoloya de Juárez, acusado de brindar protección a Narcotraficantes. 
El asesinato del subdirector de la Policía Investigadora Ministerial, se dijo, fue un ajuste de cuentas perpetrado por los Zetas, entonces brazo armado del Cartel del Golfo, en venganza por haber permitido la huida Joaquín Guzmán Loera, alias el Chapo, líder del Cártel de Sinaloa, durante el cateo de una casa de seguridad ubicada en el Fraccionamiento Cima-las Brisas, realizado el 31 de julio de ese mismo año, a cambio de 500 mil dólares. Luego se supo que Antonio Ezequiel Cárdenas Guillén, mejor conocido como Tony Tormenta, hermano de Osiel Cárdenas, enviaba con esto un mensaje a la gente del Chapo: El cartel del Golfo empezaba la pugna por la plaza. 
En los meses siguientes Acapulco fue testigo de varias ejecuciones. En distintos puntos de la ciudad se encontraron cadáveres mutilados. El gobernador del estado, Zeferino Torreblanca Galindo, solicitó que se incluyera a Guerrero en el programa México Seguro, emprendido por el entonces presidente Vicente Fox, que consistía en el reforzamiento de la seguridad pública con elementos de la milicia y la policía federal.
El 10 de diciembre de 2005, Heriberto Salmas, Secretario de Seguridad Pública y Protección Ciudadana de Guerrero, advirtió que los enfrentamientos entre bandas de narcotraficantes podrían recrudecerse, también dijo que la ciudadanía no tenía de qué preocuparse porque se estaban tomando las medidas necesarias para hacer frente a la situación: elementos de la Procuraduría General de Justicia del Estado estaban siendo capacitados por el FBI.
La intensificación de los enfrentamientos no se hizo esperar. El 24 de enero de 2006 fueron arrojadas dos granadas a una narcotienda ubicada en la zona roja de Acapulco dejando un saldo de dos muertos. Pero el acto que abrió definitivamente la puerta a la violencia en el puerto se dio el 27 de enero: Un enfrentamiento entre la policía preventiva de Acapulco y falsos agentes federales ocurrido a las 2:20 de la tarde frente a la iglesia de La Garita. Por primera vez Acapulco era testigo de un tiroteo que ponía en riesgo a la sociedad civil. 
En la persecución, preventivos y sicarios pasaron por el interior de la iglesia y por las calles aledañas a este recinto, en las que se ubican tres planteles educativos. Fueron 40 minutos de balazos; hubo un despliegue de más de cien elementos entre militares, policías federales, estatales y municipales; murieron cuatro sicarios y el director operativo de la Policía Preventiva, Pablo Rodríguez de la Cruz; resultaron heridos otros cuatro policías y dos civiles; tres narcotraficantes más fueron detenidos. Se comprobó que los narcotraficantes portaban credenciales falsas de la Agencia Federal de Investigaciones.
La Procuraduría General de la República identificó a una de las cuatro personas muertas como Carlos Esteban Landeros Sánchez, “el tercer hombre más importante en el Cártel de Sinaloa”, se dijo. 
El 18 de marzo de 2006 se reconoció de manera oficial la pugna entre estos grupos del crimen organizado. El cártel de Sinaloa, con sede en la costa del pacífico, enfrentaba el desafío del cártel del Golfo, con sede en Matamoros: “Se están peleando las plazas”, dijo Daniel Cabeza de Vaca, entonces titular de la Procuraduría General de la República.
La pelea dejó en Acapulco un saldo, según reportes oficiales, de 113 personas asesinadas durante el 2006, incluyendo el homicidio del abogado Jesús Napoleón Guevara a unos pasos de la Unidad Mixta de Atención al Narcomenudeo y de un módulo de la Policía Preventiva de la ciudad. 
En 2001, Guevara fue destituido como contralor interno de la Procuraduría General de Justicia del Estado de Guerrero por su implicación en la liberación de presuntos narcotraficantes, y al momento de ser asesinado tenía a su cargo la defensa de nueve elementos del cártel de Sinaloa aprendidos ese año en Zihuatanejo.
El 2007 inició con un mensaje para las corporaciones policiacas: No se metan. La primera advertencia fueron los levantamientos de policías que luego aparecían decapitados. Pero por si quedaba duda del mensaje, el martes 6 de febrero de ese año, dos comandos con indumentaria militar llegaron a las oficinas de la fiscalía ubicadas en la colonia Emiliano Zapata y Ciudad Renacimiento. Los supuestos militares fingieron realizar una revisión de armas, cuando los policías entregaron sus pistolas fueron acribillados. Murieron cinco agentes estatales y dos secretarias.
A lo largo de este año se sumaron 61 muertos. Los reportes oficiales celebraban el descenso de homicidios relacionados con el crimen organizado en comparación con el 2006, pero no era más que el retroceso que precede el repunte de la ola.

Cosecha roja
El 21 de enero de 2008, el ejército mexicano detuvo al Mochobo en Sinaloa, los hermanos Beltrán Leyva culparon al Chapo Guzmán por esta captura, lo que significó una ruptura al interior del Cártel de Sinaloa. Esta escisión se dejó sentir en Acapulco. Los Beltrán Leyva, constituidos como un cártel independiente entraron a la pugna por la plaza. 
Para contrarrestar el poder de los hermanos Beltrán Leyva, el Cártel de Sinaloa estableció alianzas con el grupo conocido como La Familia Michoacana y con sus antiguos rivales, el Cártel del Golfo, para conformar la llamada Nueva Federación. Inconformes con estas alianzas, en marzo de 2008, los Zetas se desligaron del Cártel del Golfo para constituirse en un Cártel autónomo. Este reacomodo significó 80 muertes en Acapulco a lo largo del 2008, y 194 durante el 2009. 
El episodio más violento de esta guerra durante el 2009 tuvo lugar en Caleta, cerca de la Plaza de Toros Caletilla, corazón del Acapulco Tradicional, entre la noche del sábado 6 y el domingo 7 de junio. Durante cuatro horas, primero el ejército y luego los federales se enfrentaron a un grupo de sicarios, después de que los militares recibieron una pista sobre la presencia de los pistoleros del Cártel de los Beltrán Leyva en una casa de esa zona hotelera.
Los pistoleros abrieron fuego contra los soldados usando fusiles y granadas. Allí murieron 16 narcotraficantes, dos militares y dos civiles que quedaron atrapados en el fuego cruzado. En el lugar se encontraron a cuatro hombres atados que dijeron ser policías ministeriales y haber sido secuestrados por los Zetas, uno de ellos era Ricardo Reza García, reconocido como exjudicial al servicio del Cártel de Sinaloa.
Otro hecho significativo en la recomposición de los cárteles fue la muerte de Marcos Arturo Beltrán Leyva, El Jefe de Jefes, el 16 de diciembre del 2009, en un enfrentamiento con la marina en Cuernavaca. Con esto se inició una pugna entre Edgar Valdez Villarreal, La Barbie; y Héctor Beltrán Leyva, El H, hermano del fallecido capo, por ocupar su lugar en las plazas de Morelos y Guerrero. El 20 de diciembre de 2009 El Güero Huetamo, lugarteniente de La Barbie, convocó en Acapulco a vendedores de droga y a varios pistoleros para informarles que desde ese momento la plaza estaba a cargo de Édgar Valdez, y les dio instrucciones para impedir la entrada de Héctor Beltrán, El H.
Ese episodio marcó el comienzo de una serie de ejecuciones los primeros meses del 2010 que se coronaron con la jornada de violencia ocurrida entre el 13 y 14 de marzo. El primer hecho delictivo ocurrió el sábado 13 a las 2:30 de la madrugada, en la comunidad de Tuncingo a la salida del puerto y hacia la región de la Costa Chica del estado; seis policías municipales fueron asesinados cuando hacía recorridos de vigilancia. A ocho kilómetros de ahí, en el crucero del poblado de Tres Palos, a las 4:42 horas, fueron encontrados cinco cadáveres, dos de ellos decapitados. Menos de diez minutos después, en la avenida Escénica, en el mirador de Brisas del Marqués, fueron localizados dos cuerpos más, atados de manos y también decapitados. Finalmente, a las 6:33 horas, un hombre asesinado a balazos fue encontrado en el bulevar Lázaro Cárdenas, en la colonia Las Cruces.
El domingo 14 las ejecuciones comenzaron a las 3:30 de la mañana, un grupo de unos 30 sicarios, según testigos, acribillaron a cuatro narcomenudistas en la colonia El Morro; A las 5:45 horas, un grupo de sicarios vestidos con playeras de la PGR y chalecos portacartuchos, a bordo de 15 camionetas, fueron interceptados por otro comando armado en el bulevar Vicente Guerrero a la altura de la clínica 26 del IMSS. Al lugar acudió la policía ministerial. Murieron 8 sicarios, un policía y una mujer de 23 años que viajaba a bordo de un taxi y recibió una bala perdida. 
El lunes se supo que los cadáveres se siguieron acumulando hasta sumar 32 sólo en ese fin de semana. De lo que no se habló fue de las llamadas recibidas en las comandancias avisando a los policías que no intervinieran: “No se metan, estamos limpiando la plaza”, fue el mensaje en todos los casos.
Exactamente un mes después, el miércoles 14 de abril de 2010, se suscitó un nuevo enfrentamiento. Poco después de las 3 de la tarde, en plena costera Miguel Alemán, frente a los hoteles Playa Suits y Hacienda María Eugenia, un grupo de sicarios, pertenecientes al Cártel de los Beltrán Leyva, a bordo de una camioneta, interceptó y acribilló a un abogado cuya identidad no fue revelada. El tiroteo provocó una carambola de 13 vehículos que se impactaron entre sí al intentar alejarse de los disparos.
Hasta el lugar llegaron efectivos de la Policía Federal que se enfrentaron con los pistoleros. Murió el abogado, su chofer y un agente federal. Como saldo civil fallecieron una mujer de 32 años y sus dos hijos, de 11 y 8 años de edad, al quedar atrapados en el fuego cruzado entre sicarios y policías federales. La camioneta en la que viajaban recibió 50 impactos de bala. También falleció un taxista. Hubo cuatro civiles más heridos, dos de ellos turistas provenientes del Distrito Federal. 

El olor del miedo
Resulta difícil contabilizar el número de muertos. Casi diariamente se reporta el hallazgo de cadáveres a causa de levantones, ajusticiamientos o tiroteos. Las autoridades llaman a mantener la calma. El 19 de abril de 2010, el alcalde de Acapulco, Manuel Añorve Baños, aseguró que este puerto no llegaría a la situación de Cuernavaca en el sentido de un toque de queda. 
Sin embargo, la población se mantenía pendiente de los correos electrónicos y hojas volantes pegadas en los postes que anunciaban “limpias”. En esos días las calles permanecían vacías. Era difícil no tener miedo. La violencia se volvió parte de la agenda pública, de las conversaciones cotidianas: En la última quincena de abril de 2010 acribillaron a un militar en la colonia Mozimba, y a un marino en Ciudad Renacimiento. 
Los cadáveres mutilados seguían apareciendo. El 24 de abril de 2010 hallaron en una casa del kilómetro 30 a tres hombres descuartizados y con ellos un mensaje: “Esto les pasó por apoyar a Aldo Ramos Cruz El Mortal, Israel Meza alias el Rayito, Nicasio Arizmedi Díaz alias el Cacho, estos sicarios son los que mataron a gente inocente en la Diana”. 
La confianza en las corporaciones encargadas de la seguridad pública, de por sí precaría, cayó en picada. El martes 27 de abril de 2010, en un operativo de la marina, detuvieron a 25 policías preventivos municipales, entre ellos un jefe operativo y comandantes de sector, acusados de venta de droga. Una muestra de que el narcotráfico permea una gran parte de la estructura social. Y como dijo Juan María Larequi Radilla al asumir la dirigencia del partido Convenrgencia en Acapulco, el 18 de abril de 2010, había un “maldito miedo” expandiéndose en las calles.
Pero no sólo los reporteros y la sociedad civil tenían temores. También los policías. En una conferencia de prensa, el secretario de Seguridad Pública y Protección Civil de Acapulco, Héctor Paulino Vargas López, al ser cuestionado sobre la posible intervención de la corporación a su cargo en caso de una nueva balacera, respondió: “No, no, cómo vamos a intervenir si están peleándose; sencillamente deténgase usted ahí, métase en medio y a ver qué le pasa.”
Esto me recordó las declaraciones del gobernador del estado Zeferino Torreblanca Galindo a un año de haber asumido el mandato, cuando en una rueda de prensa ofrecida después de la matanza de la garita, en lo que algunos calificaron de irresponsable pero otros como un arranque de franqueza, dijo: “Ni quiero, ni puedo, ni tengo con qué combatir el narcotráfico”.
Tal vez si les hubieran preguntado al secretario de seguridad pública y el gobernador el porqué de sus declaraciones, dirían lo mismo que el reportero de policiaca: “Todos tenemos miedo de morirnos”.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Acapulco dealer

Turistas que impúdicamente toman fotografías de un ejecutado para guardarlas como recuerdos de su viaje a Acapulco, un ex alcalde canadiense que refrenda sus votos de amor en La Quebrada, una madre y sus hijos a quienes la violencia toca en forma de ráfaga de cuernos de chivo en plena Costera, sicarios metidos a documentalistas subiendo sus torturas a YouTube, ex policías apodados La Maña encargados de cobrar a los comerciantes el derecho de piso, y por supuesto, un Acapulco dealer, son algunos de los personajes por medio de los cuales David Espino nos cuenta el proceso de degradación que ha vivido este puerto a lo largo de los últimos años, o más precisamente, en el último sexenio.
Todos hemos sido testigos, aunque sea de lejitos, pero nunca tan lejos como lo desearíamos, de cómo la bahía de Santa Lucía se fue llenando de sangre, de miembros cercenados y de miedo. La guerra contra el narco, o mejor dicho, el enfrentamiento de los cárteles por esta plaza, o más precisamente aquella balacera en La Garita a partir de la cual  la violencia corrió como el hilo de naylón de una media barata, ha marcado nuestra historia. ¿Antes o después de La Garita?, podríamos preguntar ahora para darnos una idea del tiempo en que ocurrieron las cosas. ¿Antes? Antes del 2006, enero. ¿Mucho antes? Ni siquiera había llagado a Acapulco Tony Tormenta, el del Cártel del Golfo, a pelearle la plaza a los de Sinaloa. Entonces iniciaba el siglo.
Las tragedias nos marcan aunque sean ajenas, definen nuestra historia aunque sólo creamos ser testigos, porque nos recuerdan nuestra vulnerabilidad, y aquella balacera en enero del 2006 nos hizo sentir a todos vulnerados. Me parece poco probable que a quienes nos tocó vivir este tiempo y espacio podamos olvidarla. Pero más allá del número de muertos, de los detalles divulgados o imaginados de las ejecuciones que nos aterrorizan, es la incertidumbre la que fermenta el miedo. No sabemos qué es lo que está pasando. La única manera de controlar el miedo es buscar poseer alguna certeza, por pequeña que sea y aunque no nos agrade.
He aquí la importancia de este libro. Nos ayuda a reconstruir nuestra historia reciente, a entender lo que nos está pasando, el porqué de los muertos, el cierre de algunos negocios y la apertura sorpresiva de otros tantos, las casa en venta. Nos ayuda a encontrar una cierta lógica, por terrible que sea, de los acontecimientos que se precipitan a nuestro alrededor, más cerca de lo que quisiéramos. Quizá la última certeza, la única certeza que buscábamos, era decir “venían por ellos, no por mí”, “tenían razones para buscarlo, yo –aún- estoy a salvo”. Pero llega un momento en que esa certeza tan precaria no nos es suficiente, porque resulta que ya todos tenemos un hermano al que han encañonado; un vecino con el que jugábamos de niños que amaneció muerto, destazado; una amiga que cuida a su marido en el hospital porque quedó en medio de un tiroteo entre policías y un grupo armado. Es entonces cuando tenemos la certeza, cómo dice Espino en Un pueblo de paso, de estar solos “en medio de la vorágine”.
Sí estamos solos, porque nuestras instituciones nos han abandonado. Quizá todos, en todos los niveles de gobierno, excepto Calderón piensen lo mismo, aunque sólo Zeferino se atrevió a decirlo en voz alta cuando le preguntaron si iba a hacer algo contra el narcotráfico, tal vez no fueron sus palabras exactas, pero así aparecieron en los diarios: “No puedo ni quiero”. Pero el que pudo y quiso, porque estaba bien resguardado por el estado mayor presidencial y se nombra jefe de las fuerzas armadas por seis años, el que pudo y quiso abrir la caja de pandora, nos deja ahora este mundo, nuestro mundo, acechado por el mal y sin el respaldo de un sistema de justicia confiable. Cada vez hay más muertos, cito a David Espino “metidos al saco con la etiqueta: En algo andarían”.
Y es que no queremos, y esto incluye a peritos, agentes del MP, policías, magistrados, que también son humanos, pensar que la muerte violenta es algo que le puede pasar a cualquiera, no queremos nombrar lo que pasa, por temor a invocarlo, por eso, dice David Espino: “El eufemismo se ha hecho el recurso más recurrente para referirse a los sicarios al servicio del narcotráfico o a los narcos mismos. Los malos, los malandrines, dice la gente sin despegar mucho los labios, aun en sus casas, por temor a que quien vaya pasando sea uno de ellos. Ya no se sabe. Incluso los funcionarios municipales, de seguridad y de orden público, prefieren guardar silencio”.
Pero no sólo Acapulco está presente, David espino también nos cuenta la transformación de Chilpancingo de pueblo de paso a tierra de asesinatos seriales, ejecuciones sumarias, levantones y descuartizados. Nos habla del silencio y el miedo reproduciéndose en San Luis la Loma luego del asesinato de la familia de Rubén El Nene Granados Vargas. Nos relata cómo los municipios de la Tierra Caliente se fueron llenando de trocas y enfrentamientos.
Pero no todo es tristura y no todo es miedo: quizá mi crónica favorita es la que nos permite tener un poco de esperanza: Abrazos contra la narcoviolencia, se llama y nos cuenta de un grupo de personas que se ponen de acuerdo para salir a la Plaza Cívica en Chilpancingo a repartir abrazos. “Es un modo de responder a tanta violencia. Esta debe ser la otra cara de la realidad del país y del estado. Ante la violencia, el afecto que tanta falta nos hace”.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Negras intenciones o ¿de qué sirve la literatura policiaca?


El día que me entregaron el ejemplar de Negras intenciones. Antología del género negro, publicado por editorial Jus, leí un tuit que preguntaba: ¿a quién le sirve otra novela sobre el narco?
Vi junto a la computadora el volumen de pastas negras, con una pistola con punta de estilográfica en la portada, y no pude evitar parafrasear la pregunta: ¿a quién le sirve otro cuento, otros quince cuentos sobre la violencia en México?
Es común que en las presentaciones de libros de este tipo la gente cuestione: ¿por qué hablar de la violencia si ya la vemos todos los días en la vida real, si de ella están llenos los periódicos y los noticiarios? ¿Por qué leerla?
Leo literatura negra porque me gusta, por eso me entusiasmó la invitación a presentar esta antología dentro del Tercer Encuentro de Escritores del Pacífico, pero quizá, y digo quizá, el gusto no es razón suficiente, sobre todo si tengo que convencer a los demás de leer estas historias, y digo convencer, porque de verdad vale la pena leerlas.
Aseguran los que saben, y me refiero a investigadores que han hecho estudios sobre consumo cultural, que la gente lee historias policiacas, negras, de detectives o como quieran llamarlas, por dos razones: una, para evadirse de una vida monótona; y dos, para descifrar su realidad. Negras intenciones puede ser útil para ambos propósitos.
Por ejemplo, el cuento con el que inicia la antología, titulado “Detrás del negro”, nos atrapa con su aparente recuperación de la estructura del relato clásico de detectives: El investigador privado, Sunny Pascual, es contratado, no para resolver, sino para impedir un asesinato.
No falta el tiroteo entre el sabueso mercenario que protege a un cantante y los guaruras de un narco, sólo para descubrir que todos los que tienen el dinero para contratar seguridad privada están del mismo bando. El cuento nos sirve, y digo nos sirve contestando a la pregunta del principio, para darnos cuenta de que en este país hay crímenes peores que los que se cometen con un arma en la mano.
En este libro hay de todo como en botica, están presentes todas las recetas estructurales que desde Allan Poe hasta Paul Auster y James Ellroy han construido el género (o subgénero para no ofender a los puristas). Hay historias lineales y juegos temporales; hay cadáveres y balazos; y a veces hasta ganas de descubrir a la asesino; y digo a veces porque en estos relatos sucede lo que con la justicia mexicana: también hay quien prefiere hacerse de la vista gorda.
Hay principios que pueden servir en los talleres literarios como ejemplo de cómo comenzar una historia: “Quince minutos antes de que su cabeza volara en pedazos por un escopetazo, el policía auxiliar Ceferino Martínez, El Oaxaca, terminó el último rondín de la noche”, dice BEF en su cuento Gorilas, como una muestra de la pericia narrativa que lo llevo a obtener el premio Otra vuelta de tuerca con su novela Tiempo de Alacranes.
Hay personajes complejos como la anciana invalida -en Al fondo del baúl, escrito por Edgar Omar Avilés-, que cita en su casa a un reportero para contarle que “Sí […]: estuve muy cerca de un crimen monstruoso”, y a partir de esa frase, como una nueva Sherezada, va hilando historias que nunca queda claro si son producto de su imaginación o pasaron en realidad, pero encantan con la dosis de morbo necesaria.
Personajes entrañables como el albañil -en El disparate de Orlando Ortiz- que asalta un banco para darle gustos caros a la jovencita con la que anda; y personajes perversos como el policía -en El antojo de J.M. Servín- que decide dejarse llevar por el impulso de acariciarle las piernas a un cadáver.
Hay cuentos que se parecen mucho a un reportaje, como Amores azucarados de Yolanda de la Torre -única mujer antologada-, basado en un el caso del Caníbal de la Guerrero, pero contado desde la perspectiva de la víctima. Hay cuentos que se parecen a una película que ya vimos, como Pistoleros famosos de Paul Medrano -único guerrerense de la antología-, pero que resulta distinta porque la víctima del principio resultó que no era buena gente.
Hay cuentos que más allá de las rubias platinadas en peligro, los cadáveres flotando en la alberca, los policías corruptos, los bármanes metidos a detectives, pertenecen no sólo al género negro, sino a la literatura sin adjetivos, porque construyen un universo entre sus páginas, como El último grito de Tarzán, de Benito Taibo, con el que se cierra esta antología.
En este libro conviven todos los elementos que conforman la literatura policiaca, el género negro, hay acción y suspenso, pero sobre todo, hay un universo que se construye a través de quince miradas, quince historias que nos sirven para repensar el mundo en que vivimos.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La huella persistente de Helen Escobedo


Me entero, dos días después, de la muerte de Helen Escobedo. Pienso en un hombre de paja en un parque público, en una procesión de hombres de paja. Los refugiados, se llamó esa instalación que la artista realizó en el parque Moorweide, en Hamburgo, Alemania, en 1997. La recuerdo porque, en noviembre de 2006, la propia artista nos habló de ella.

Helen nos contó que un día, algunas de las figuras amanecieron en el piso, que entonces la gente que visitaba el parque comezó a levantarlas, que a las que no conseguían mantenerse en pie las apoyaban en las figuras que no habían sido derribadas; la procesión de Los refugiados cobró vida.

Helen escobedo estuvo en Puebla en noviembre 2006 para participar en el programa de arte contemporáneo Cambio de Vía, organizado por el Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Ferrocarrilero, en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

La exposición se llamó “El hoy del ayer” y consistió en doce instalaciones elaboradas a partir de objetos relacionados con la cultura ferroviaria, elementos que el museo tenía en las bodegas y que de alguna manera reflejaban “su pasado y su presente” lo que dió título a la exposición.

Les comparto la nota publicada el 10 de noviembre de 2006 en el periódico intolerancia:



Reinterpreta Helen Escobedo el patrimonio ferroviario
La artista pretende “dejar huellas persistentes en la memoria de la gente, no en la materia”


Iris García Cuevas/ Doce instalaciones elaboradas a partir de objetos relacionados con la cultura ferroviaria, conforman la exposición “El hoy del ayer”, con la que la artista Helen Escobedo participa en el programa de arte contemporáneo Cambio de Vía, organizado por el Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Ferrocarrilero, y que se inaugura mañana a las 13:00 horas en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.


Pasado y presente del tren

Escobedo, quien recientemente recibió un homenaje por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México por los 50 años de su trayectoria artística, explicó que las instalaciones, que se ubicarán tanto en las salas de exposición como en los jardines del recinto, parten de elementos que el museo tenía en las bodegas y que de alguna manera reflejan “su pasado y su presente” lo que da el título a la exposición.

Dijo que “es un poco tomar la parte nostálgica” comenzando por los recuerdos de sus propios viajes por tren cuando era niña a las ciudades de Aguascalientes, Veracruz, Oaxaca y Puebla, para tratar de compartir “el sentimiento tan lindo que los jóvenes de hoy no conocen, porque nunca se han subido en un tren, no saben cómo se siente, cómo vibra de noche”.


Las instalaciones

Para esta exposición se abrió la puerta original de la estación, que se encontraba convertida en una ventana, para que la gente “entre por la calle como se usaba antes”, dentro de la estación se encontrará con un rompecabezas gigante de una locomotora que será armado por el público; también con un “cinito”, donde se exhibirán películas relacionadas con el tren y la gente se sentará en las bancas originales de la estación.

Las siguientes salas utilizan juegos de luz y sombras, una de las constantes de Helen Escobedo, en una de ellas los clavos de riel colgados de un panel puntean en el piso, gracias a la luz, la figura de una locomotora; también se presentarán objetos ferroviarios a contraluz que aunque pueden resultar desconocidos “son maravillosos visualmente”. También habrá juegos de espejos para provocar efectos visuales con los rieles entre otras propuestas.


Arte como retroalimentación

Helen Escobedo comentó que en sus propuestas artísticas siempre trabaja con “lo que ahí está”, porque sus instalaciones son para un público específico en un periodo de tiempo determinado, y de esta manera, una vez que este tiempo, corto o largo, termina, los materiales vuelven a su lugar de origen.

El trabajar con los materiales existentes en el lugar de trabajo implica un reconocimiento del espacio y sus posibilidades, lo que le permite también conocer “los problemas del sitio, los ecos del mismo lugar; lo que busco es ese color, sabores, ruidos, vibraciones que ya ese sitio tiene y que me va a retroalimentar”; para ello, procura no llegar con ideas preestablecidas de lo que será la instalación, sino crearla a partir de las necesidades que encuentra.


Lo importante es la idea

En este sentido la curadora de la muestra, Graciela Schmilchuk —quien recientemente publicó un libro sobre el arte efímero de Helen Escobedo—, comentó que en la obra de esta artista hay “un desplazamiento del proceso creativo a nivel conceptual y de ideas, el desafío es como pensar rápido, imaginar o inventar a partir de materiales dados o posibles” por lo que en ella “el proceso mental es muy importante”.

Explicó también que a diferencia de otros artistas, a Helen Escobedo “no le interesa el aspecto artesanal, trabajar cada cosa con sus manos, sino que lo puede hacer otra persona pero el acabado final tiene un control de calidad absoluto, de manera que la noción de autoría se diluye y se comparte; son ideas que ella expresa y puede delegar su realización”; lo que la artista busca, dijo, “es dejar huellas persistentes en la memoria de la gente, pero no en la materia, no en los objetos sino en los espacios”.

jueves, 20 de mayo de 2010

Letras Revueltas


Debo confesar que antes de la invitación a participar en la mesa Letras Revueltas [dentro del ciclo de/s/generados en la Feria Nacional del Libro de León, Gto.], no se me había ocurrido que mis cuentos tuvieran algo que ver con la obra de José Revueltas. Pero lo cierto es que muchas veces las influencias existen aunque no nos demos cuenta.

Revueltas, dicen los que saben, sigue la línea del realismo ruso, de Dostoievski; también está emparentado con el existencialismo francés, con Sartre. Revueltas, como ellos, leí en algún lado, hace mucho tiempo, aunque en un ensayo sobre otro escritor, se encarga de dibujar “la maldad nuestra de cada día”. Pensando en eso, sí, definitivamente, soy una heredera de Revueltas.
Podemos decir que el desencanto es uno de los rasgos característicos en la obra de José Revueltas. Él habla de lo que ve, sin maquillarlo, sin embellecerlo. Es lo que Evodio Escalante llamó “el lado moridor”, esa tendencia a mostrar los aspectos negativos de la realidad. Es por los temas, más que por las cuestiones formales, supongo, por lo que puedo asociar mi trabajo al del autor de El Apando. Esta tendencia a mostrar “lo malo” es para mí, más que una elección, una necesidad. A todos, creo, nos intriga que el mal, en sus múltiples versiones, entre ellas el crimen, la violencia; exista, leemos al respecto para ver si encontramos un porqué.
En un entrevista sobre su obra, al hablar de Los días terrenales, donde critica a la izquierda mexicana y particularmente al PCM, del cual fue militante, Revueltas dijo que el enojo de sus compañeros se debió a que ellos “querían bellos y perfectos revolucionarios”, como no halló a ninguno, habló de los que había. A veces eso pasa, quisiéramos hablar de lo bello, de lo bueno, pero no nos queda más que hablar de lo que hay, y a veces, lo que hay, son muchas cosas malas.
Pero no se trata de decir que es esta sociedad en particular, este tiempo y este espacio concretos o los errores de un sistema político, los que generan el mal, porque al final de cuentas, desde el génesis bíblico encontramos en la literatura la presencia del crimen, de la violencia, eso quiere decir que la maldad no es un atributo de una sociedad o un grupo, sino parte de la condición humana, de nuestro ser individual.
Dicen los estudiosos, que los de Revueltas son personajes “lumpenproletarizados”. Se trata de prostitutas, delincuentes, “acumuladores de lo negativo”. En eso también coincido. Son estos seres los que llaman mi atención, pero no como depositarios absolutos de la maldad social, porque sabemos, al menos desde principios del siglo XX, con las posturas filosóficas preexistencialistas, con Soren Kierkegaard, por ejemplo, que no es la sociedad la que está dividida en buenos y malos, sino que es el hombre mismo, el individuo, el que enfrenta en su interior esta dicotomía. La pregunta que se plantea, que me hago cada vez que escribo, y también cuando leo algunas obras, es porque, en ciertas circunstancias, optamos por el lado negativo y si realmente se trata de una opción o del único camino disponible para algunos, quizá, porque es el único camino conocido.
A quienes estamos en esta mesa se nos preguntó a cuales de los escritores contemporáneos colocaríamos dentro de la tradición de José Revueltas. Creo, ahora que lo pienso, que el llamado neopolicial mexicano con sus múltiples exponentes, es deudor de su obra. La herencia de Revueltas está en el compromiso asumido por algunos autores de develar la realidad social en su obra literaria, de hablar de lo malo con un afán de denuncia, de mostrar el cinismo o la negación ante la realidad social en algunos personajes, para evitar caer en el cinismo o en la negación en nuestra vida cotidiana, se trata pues, de seguir mostrando a través de la literatura, “la maldad nuestra de cada día”.

sábado, 8 de mayo de 2010

Ojos que no ven, corazón desierto

Les comparto este texto de Jaime Ignacio López, leído el viernes 7 de mayo 2010, en Cuajinicuilapa, Gro., durante la presentación del libro "Ojos que no ven, corazón desierto".
Ojos que no ven, corazón desierto: homo culerus
Mientras leía "Ojos que no ven, corazón desierto", fui un pajarillo hechizado por una serpiente de diez cabezas. Sin duda alguna, afirmo, es un libro fascinante.
Es un volumen en cuyas vísceras palpitan una decena de relatos escritos sin concesiones, con una prosa casi minimalista, hecha de frases cortas y lacónicas. Son evidentes, el poco uso de las conjunciones copulativas, el vocabulario austero, coloquial y, la agradecible omisión de inutilidades retóricas.
Los textos son breves, a horcajadas del cuento y el relato decimonónicos, se puede decir que, transita sin preocupación alguna ente ambos géneros y por supuesto, si fuera bibliotecario municipal, me vería obligado a colocar "Ojos que no ven, corazón desierto" en el casillero de "novelas policíacas" muy cerca de Paco Ignacio Taibo Segundo y a buena distancia de doña Elvira Bermúdez.
Poco importa la tridimencionalidad de los personajes, a menudo solo un nombre, la autora los mueve a placer según las necesidades de la anécdota, y a mi como lector poco me importan como seres de carne y hueso, cuando las historias narradas desafían mi capacidad de asombro y no sólo me conmueven, sino me estremecen, me encabronan, me avergüenzan como varón y ser humano.
Salvo un par de excepciones, los protagonistas son despreciables. Son verdugos o víctimas y no pocas veces sufren ambas condiciones al horrísono. Los peores son inmorales y amorales el resto.
Los hombres son una basura ejerciendo una escatológica violencia. Desde el poder, sea institucional o fáctica, del crimen. Ni que decir de la violencia de género, la más cruel y despiadada.
Pese a la condición femenina de la autora -me parece-, escribió sus textos a navajazos, con una tinta hecha de sangre y testosterona. No denuncia, sino arroja al criminal y las evidencias de sus crímenes a la cara de un país enfermo y a nosotros mismos, quizás insensibles al espanto social que nos envuelve.
Iris García Cuevas, nos entrega un libro extraordinario. Si bien denso y oscuro en su fondo, es luminoso y gozoso por su calidad literaria y por añadidura, no tengo duda que logra su objetivo... "definir como es de culero el ser humano".

lunes, 26 de abril de 2010

No me preguntes como pasa el tiempo: Entrevista a José Emilio Pacheco*


A principios de los años ochenta, en la contraportada de la revista Sábado, apareció un poema de José Emilio Pacheco titulado “Por qué no doy entrevistas”, a más de dos décadas, dice el autor de Las batallas en el desierto, “la vida me refuta”, y accede a hablar sobre su poesía, a la que sigue considerando como lanzar una botella al mar, “no sabes si se va a perder o la va a recoger alguien”.
En cuanto a las entrevistas, insiste: “en mis tiempos ser escritor consistía en escribir, no era dar conferencias; no sé dar entrevistas ni tampoco sé leer en voz alta; no es que me esté haciendo o que quiera quedar bien; es una cosa totalmente nueva para mí y que nunca voy a aprender. Es como hablar un idioma”.

Vocación del poeta
Cuando se le pregunta “¿por qué escribir poesía?”, el también narrador no vacila la respuesta: “porque tienes una vocación ―afirma―, no puedes tener un plan concreto; yo no pienso en escribir poesía para generar premios o para que me estén entrevistando, eso es imposible, y si lo haces no te sale, no te sale”.
Señala que aunque la literatura de alguna manera registra los cambios que ocurren en el mundo, “no es una cosa tan deliberada. Yo no me puedo levantar ahora y decir: ‘Voy a escribir esta tarde un poema sobre la situación de México en julio de 2006’. Tiene que ser mucho más espontáneo”.

La política y el amor
“La poesía puede ser lo que tú quieras ―indica―, lo que te salga. Lo que yo no te puedo imponer es que escribas un poema político o que no escribas poemas políticos. La mayoría de los poemas políticos son muy malos, de acuerdo, pero también son muy malos la mayoría de los poemas de amor ―ríe―; entonces, a nadie le puedes prohibir que escriba poemas de amor.”
Se trata, dice “de instantes diferentes y, además, dependen del talento del autor, pero también dependen de la suerte. Es como lo de la inspiración. Es evidente que no existe la inspiración, pero es evidente también que, a veces, salen bien unas cosas y otras no”.

Premios por añadidura
A pesar de que José Emilio Pacheco no se haya propuesto deliberadamente obtener el reconocimiento por su trabajo literario, este ha llegado por añadidura; y su nombre puede leerse entre quienes han obtenido premios tales como el Xavier Villaurrutia por libro publicado, el Malcolm Lowry para trayectoria en el campo del ensayo y el premio José Asunción Silva al mejor libro de poemas en español publicado, por mencionar algunos.
Apenas el año pasado recibió en España el Federico García Lorca; “lo agradable del premio ―comenta―, en un momento de desconfianza universal sobre los premios, es decir: el premio me lo da un jurado y el año próximo yo soy jurado y se lo doy al que me premió; la maravilla del premio Lorca es que me propuso una sociedad de jóvenes poetas de la Universidad de Granada que yo no conocía, y me lo dieron gente que no conozco, así que no hubo ninguna posibilidad de corrupción”.

Explosión literaria
El autor de "No me preguntes cómo pasa el tiempo", llegó a Puebla el pasado martes, y una de sus primeras actividades en esta ciudad fue adquirir libros de las editoriales locales para darse una idea de lo que se está escribiendo en la entidad, lo que muestra su interés por lo que pasa en la literatura nacional más allá del centralismo impuesto por el Distrito Federal.
En este sentido, el autor de Los elementos de la noche, dice sobre la literatura mexicana contemporánea: “Yo lo que veo es una explosión de actividad literaria en todas partes” algo que “contrasta mucho con la situación económica y social del país”; se trata además de una actividad literaria de “gran calidad”, asevera.

Falta de comunicación
“El problema”, señala “no es tanto de apoyo como de distribución, que lleguen las cosas al público”, es por ello que en México “es difícil” darse cuenta de lo que está pasando en la literatura en todo el país “porque no hay comunicación; y eso en ciudades importantes: Puebla, Guadalajara, Monterrey; un libro de Guadalajara no llega a Monterrey”.
Señaló que “dentro del país ocurre lo que entre todos los países hispanoamericanos, no hay circulación entre ellos. Para que algo se difunda en todas partes necesita venir de España” y agregó que sucede “una cosa muy extraña: hace más de un siglo, a fines del siglo XIX que las comunicaciones eran verdaderamente imposibles, había una comunicación entre los poetas centroamericanos que no existe ni siquiera ahora en la época de internet” y esto gracias a los suplementos y las revistas literarias.

Falta crítica literaria
Para José Emilio Pacheco los suplementos literarios cumplen “una función importantísima, yo trabajé toda mi vida en suplementos literarios, entonces me parece un drama ahora que desaparecen los suplementos, y en cambio lo que abundan son estas revistas verdaderamente obscenas de gente riquísima que exhibe su poder, eso me parece muy irresponsable”.
El también ensayista considera “terrible” que “todos los jóvenes, y también gente mayor, los mismos escritores del Crack, Pedro Ángel Palou; no tienen reseñas, no hay quien reseñe los libros, hay miles de entrevistas, y es que la entrevista ha sustituido la reseña, nosotros a los 18 años cuando sacábamos un libro, teníamos ocho reseñas, a favor o en contra, pero se reseñaba, y si no hay reseña menos crítica. O hay crítica que tiene su razón de ser, yo no estoy en contra de la reseña universitaria, pero es una crítica que se queda dentro de la universidad, no llega al público”.

Fuera de mercado
Cuando se le pregunta si hay lectores para la poesía responde: “Nunca ha habido, es un mito que antes era una situación ideal para los poetas, en la época de Leopoldo Lugones y de Rubén Darío, los grandes libros que hoy son clásicos, eran (ediciones de) 500 ejemplares”.
“Por donde deberíamos comenzar ―dice― es porque la poesía es la única de las artes que está fuera de mercado, porque cómo vamos a poner, ya no digamos al Código da Vinci, a Dan Brown frente a cualquier novelista mexicano, no puedes juzgar con ese criterio, porque entonces no publicas ningún libro que no garantice ese éxito de público.”
Otro de los mitos, asevera, es que los poetas escriben para ser leídos por los otros poetas: “si cada poeta mexicano leyera a los poetas mexicanos, cualquier libro sería un best seller, por lo menos 15 mil ejemplares”.

La poesía se recuerda
La única ventaja de la poesía sobre los otros géneros, es que la poesía se recuerda: “Yo tengo ahora algo que a lo mejor parece muy reaccionario, muy de viejito, que es una defensa del verso, pero oye por qué: me encontré ahora, en un libro que compré ayer, el conflicto de la universidad de Puebla visto en la revista Siempre!, entonces lo ponen en prosa y no se dan cuenta que es verso; no recuerdan que el verso tiene un sentido, que el verso es memorable, por eso los refranes están en verso para ser recordados: No por mucho madrugar amanece más temprano; camarón que se duerme se lo lleva la corriente. Si tú quitas un elemento de eso, se te borran”.
José Emilio Pacheco estuvo en Puebla para ser homenajeado ayer dentro de las actividades de las Primeras Jornadas Internacionales de Poesía Latinoamericana; también recibió copia de la cédula real por parte del ayuntamiento de la ciudad de Puebla, y al final de la jornada y también como parte de este homenaje, el escritor Alejandro Palma dio lectura al poema “No me preguntes cómo pasa el tiempo”.

*Entrevista publicada en Intolerancia Diario el 13 de julio de 2006

sábado, 6 de marzo de 2010

El detective en la literatura: tres formas de aprehender al asesino


París. La cuarta década del siglo XIX. Dos mujeres son brutalmente asesinadas en el interior de su departamento. La puerta fue cerrada por dentro pero el asesino escapó de alguna forma. La indagación policiaca resulta ineficaz. Encontramos aquí el planteamiento de toda narrativa de detección: El crimen como enigma.
No lejos de ahí, un joven aristócrata, solitario y melancólico, se entrega con devoción a la lectura y al ejercicio de su poder analítico. Los crímenes de la calle Morgue se le presentan como un reto para su capacidad deductiva. Los asesinatos tienen el mismo peso que un acertijo o un problema matemático.
Con la trilogía protagonizada por Auguste Dupin, iniciada en 1841 por Edgar Allan Poe, se inaugura la narrativa de detección. Aparece una figura sin precedentes: el investigador o detective, ese ente solitario que se ocupa, desde hace casi dos siglos, de restaurar el orden perturbado por el crimen.
El detective se ha trasformado desde entonces. En los tiempos de Poe, el mal se originaba en todo aquello contrario a la razón: pasión e instinto encabezaban la lista. A Dupin le basta su capacidad de raciocinio y la amplitud de su conocimiento enciclopédico para encontrar la solución a cualquier enigma: Nada se escapa a una mente bien educada.
Este modelo se perfecciona con Sherlock. Arthur Conan Doyle presenta a su criatura en 1887, Estudio en escarlata es la primera de 60 historias protagonizadas por el inquilino del 221 bis de la Baker Street. De inmediato, Holmes se deslinda de su predecesor, considera a Dupin un hombre vulgar. No bastan las cualidades innatas, la capacidad deductiva puede ser incluso una cuestión de herencia genética, hace falta un método para hacer de la profesión de policía una ciencia eminentemente exacta.
Si Dupin es el raciocinio, Holmes es el método científico propuesto por el pensamiento ilustrado. Entiende el crimen como un fenómeno que debe comprenderse. Debe atrapar la pista de ese hilo teñido en sangre y poco a poco ir desenredándolo de entre la madeja humana para cortarlo, aislarlo de lo demás y estudiarlo después detenidamente.
Para los detectives del XIX, el crimen es un enigma desprovisto de interpretaciones morales. Pero los tiempos cambian y la visión del mundo se transforma. Freud demuestra que los actos humanos no tienen siempre una lógica aprehensible a simple vista, Kierkegaard da nombre algo desconocido para el hombre decimonónico pero ya presente: la angustia existencial. Los investigadores deben ahora darse a la tarea de instalarse en el alma de quien comete el acto criminal, tomar en cuenta la influencia de la psicología y del medio social.
En este contexto se presenta un inocuo curita originario de Essex: El padre Brown. Creado por G. K. Chesterton en 1911, el sacerdote católico protagoniza cinco volúmenes de relatos, en los que triunfa merced a su profundo conocimiento de la naturaleza humana. Es la respuesta a sus predecesores. El mal existe en el alma del hombre, se manifiesta a través del pecado que es el origen de todo crimen. No bastan la razón o la ciencia para combatirlo, hace falta virtud.
Brown es la antítesis de los detectives de la época: un hombre intuitivo y devoto, no absolutamente racional ni escéptico, que busca develar el misterio representado por el crimen, no para atrapar al criminal, sino para salvarlo. En la mayoría de los casos parece estar ahí por equivocación, pero a veces viene bien ser la persona adecuada en el lugar equivocado, dice.
Con menos amor al prójimo pero la misma capacidad de escudriñar el interior de los otros, Philo Vance ejerce su trabajo de investigador. El arrogante policía creado por S. S. Van Dine en 1920, protagonista de El crimen de Benson, El visitante de media noche y una decena de novelas más, hace de la psicología su principal arma. Mientras el padre Brown observa en silencio, casi sin ser percibido, Vance irrita deliberadamente, busca que los implicados en un caso lleguen al límite, los provoca hasta que el criminal salta y se descubre a sí mismo.
Estos detectives que fundamentan su investigación en la psicología, ya sea de manera intuitiva o estudiada, así como los investigadores racionales, se enfrentan a un mundo donde el crimen es una anomalía que puede corregirse. Aprender al criminal significa acabar con el mal. Sin embargo, después de la Primera Guerra Mundial el orden de cosas se trastoca: con la crisis económica imperante, la corrupción y el crimen se vuelven parte sustancial del sistema, su resultado y no un accidente. Hace falta otro tipo de investigador para enfrentar este nuevo orden tan parecido al caos.
En 1930 se publica El halcón maltes de Dashiell Hammett, novela protagonizada por Sam Spade, el Satanás rubio, un tipo solitario, desencantado de la vida, con un código de ética personal al margen de la sociedad corrompida a la que pertenece. Asistimos al nacimiento de un nuevo enfoque en la narrativa de detección. Influido por el realismo negro estadounidense, el detective de Hammett deja atrás el optimismo positivista de sus antecesores.
Las habilidades de Spade incluyen la capacidad de dejar inconsciente a un hombre con un golpe, allanar departamentos y mentir con descaro. En esto se centra la característica definitoria del detective: en este nuevo mundo la lógica y la psicología de nada sirven sin la dosis requerida de astucia y malos modos. El método tampoco es ortodoxo, consiste en arrojar, violenta e impredeciblemente, una barra de hierro en medio de la maquinaria para hacerla saltar y ver qué sucede.
En los casos resueltos por Dupin, Holmes o el padre Brown vemos que es posible que los criminales utilicen su inteligencia con fines “equivocados”; Spade, por el contrario, hace uso de la violencia y el engaño para fines “correctos”. Lo bueno y lo malo no se definen aquí por los medios empleados o por el camino seguido, sino por los resultados. Será lo correcto siempre y cuando al final se haga justicia. Quien quiere el fin, quiere los medios, dice, y la finalidad es desarticular, al menos en parte, la maquinaria criminal.
Con Raymond Chandler y la creación de Philip Marlowe llegamos a la consolidación de la figura del detective duro. Su presentación oficial es El sueño eterno, publicada en 1939, a la que siguen siete novelas más. Chandler nos muestra a un ser que se cuestionan sus obligaciones en un mundo corrompido. Estas circunstancias hacen más difícil la tarea del investigador. No soy Sherlock Holmes o Philo Vance. No espero ir a un terreno que ha sido ya cubierto por la policía, recoger la punta de una pluma rota y convertir eso en un caso, dice.
Marlowe es valeroso y honesto, el ideal del detective integro. Su interés es llegar al fondo de las cosas. Sabe que lo correcto es saltar a la cloaca, si es necesario, y hacer una limpieza profunda, en un intento por rescatar cualquier rasgo de bondad que aún no haya sido contaminado. Sabe que la integridad no es una cuestión institucional, porque las instituciones policiacas ya han sido corrompidas. Debe hacerlo a su manera, aunque eso implique quebrantar algunas reglas.
Faltan algunos nombres: Hércules Poirot, Ellery Queen y el comisario Maigret, por ejemplo, pero es imposible abarcarlos a todos. Basten los dichos para percatarnos que existen tres formas de atrapar al asesino: el método deductivo, limpiamente racional, basado en pistas e indicios; la pesquisa psicológica fundada sobre el conocimiento de la condición humana; y la violencia, único recurso posible cuando el mundo se convierte en campo de batalla. Cada detective elige el que más le conviene o hace una versión personal con la mezcla adecuada para sus circunstancias.
En México, los detectives inician sus investigaciones un siglo después que sus homólogos sajones. La década de los cuarenta marca el inicio de las pesquisas. Máximo Roldan y Teódulo Batanes son los primeros sabuesos mexicanos. Comparten el año de nacimiento: 1946. Aprendieron las técnicas empleadas por gringos e ingleses, pero les dieron un toque nacional.
Roldán, protagonista de los relatos de Antonio Helú en La obligación de asesinar, “presta sus servicios” a la policía para descubrir atentados, desenmascarar asesinos y atrapar ladrones. Emplea el método psicológico. Podría aseverar, junto al comisario Maigret, que revelan más las reacciones de alguien frente a una afirmación, que sus respuestas a una pregunta específica. Es experto en sacar la sopa, diría él mismo en su lenguaje coloquial, mete hilo para sacar hebra y así se entera de lo necesario para resolver el crimen. Aunque utiliza estrategias y métodos deductivos dignos de Sherlock Holmes y Philo Vance, Roldan es descendiente de Arsenio Lupin, el ladrón creado por Maurice Leblanc: Se interesa en aprehender a los delincuentes, no por un sentido de justicia, sino para apoderarse del botín.
En las cuatro historias protagonizadas por don Teódulo Batanes, Rafael Bernal sigue los pasos de Chesterton. El antropólogo asiste a los crímenes por mera casualidad. No es la inteligencia lo que pone a Batanes tras la pista del asesino, sino su capacidad de escuchar lo que las personas quieren decir y fijarse en detalles aparentemente insignificantes. El antropólogo mexicano, lo mismo que el sacerdote inglés, se considera un instrumento de Dios, pero con un objetivo más modesto: Brown intenta salvar el alma del criminal, Batanes sólo busca que se haga justicia. La variante en las historias de Bernal es que existe siempre la posibilidad de que el crimen quede impune o paguen justos por pecadores.
A esta primera generación de detectives mexicanos pertenecen también Péter Pérez, parodia de Skerlock Holmes, creado por Pepe Martínez de la Vega; Armando H. Zozaya, de María Elvira Bermúdez, y Chucho Cardenas, cuyas historias fueron firmadas por Leo D’Olmo; estos últimos, reporteros aficionados a resolver casos criminales. El rasgo común de esta generación es el sentido del humor con el que miran las peculiaridades del sistema mexicano. Son personajes optimistas, tienen fe en que las cosas mejoren, en que el orden social pueda ser restablecido.
La segunda generación también se inicia con un personaje de Rafael Bernal, Filiberto García en El complot mongol, publicado en 1969, año en que la fe en el buen funcionamiento del sistema mexicano ya no es tanta. Empieza a sentirse la influencia de Sam Spade y Philiph Marlow, la presencia del desencanto. Más que un policía, Filiberto es un matón a sueldo, no tiene la preparación de los gringos, no lo han enseñado a matar, a los policías mexicanos los contratan porque ya saben, dice. El método empleado es la violencia.
En esta misma tesitura está Héctor Belascoaran Shayne, de Paco Ignacio Taibo II, que inicia sus pesquisas en 1976 con la publicación de Días de combate. Le siguen Ifigenio Causel de Rafael Ramírez Heredia y Vicente Camacho de José Zamora; que hicieron sus primeras apariciones públicas en 1979, con Trampa de metal y El collar de Jessika Rockson, respectivamente.
Esta segunda generación, nacida después de los movimientos del 68 y 71, muestra un país en el que ni siquiera los investigadores de novela son capaces de encontrar algo a lo que pueda llamarse orden social. Siguen la técnica de los detectives duros: rompen algunas reglas y se arrojan, como barras de hierro, contra la maquinaria, pero lejos de hacer saltar el sistema en pedazos son expulsados de él como piezas sobrantes; y el mal, convertido en sistema, sigue su curso.

martes, 17 de marzo de 2009

En México es imposible garantizar la seguridad de nadie: Apuntes para una novela negra II


Ayer 16 de marzo por la tarde, en las versiones electrónicas de varios periódicos de Puebla, capital, aparecieron las declaraciones del director de asuntos internos de la Policía Municipal, Héctor Falcón, en las que aseguraba que los cuatro elementos que agredieron la madrugada del 14 de marzo a los escritores Federico Vite, Miguel Ángel Andrade y Álvaro Solís, "previamente identificados", ya habían sido dados de baja de la corporación, dijo también que se estaba en espera de la resolución del MP para castigarlos con "todo el peso de la ley", mientras tanto, se encuentran en libertad y sin vigilancia para hacer lo que se les antoje.
Esta mañana, en el programa Movimiento Perpetuo, que se transmite por Radio BUAP, Vite y Solís hicieron algunas precisiones: nunca los llamaron para identificar a nadie, el director de asuntos internos no presentó a los agresores ni dio a conocer sus nombres, por lo que los agredidos piensan, con justa razón, que sólo les están "dorando la píldora" para que las cosas se calmen y la protesta no continúe.
Pero aún en el caso de que hayan sido destituidos, ¿qué garantías tienen los agredidos de que estos sujetos no van a tomar represalias? Ninguna. El director de asuntos internos les hizo saber que en México "es imposible garantizar la seguridad de nadie". Así que lo único que les queda es mirar con suspicacia a toda las personas que se acerquen ellos, comenzando por las patrullas, de nueva adquisición por cierto, de la policía municipal, que recorren continuamente los lugares en los que se encuentran. Esto es México, señores. ¿Esto es México?

lunes, 16 de marzo de 2009

Repudiamos agresión contra escritores

A la presidenta constitucional de Puebla capital
A la comunidad artística en general
A la población en general


El día 14 de marzo, aproximadamente a las 3:30 horas, los escritores Federico Vite, Miguel Ángel Andrade y Álvaro Solís fueron víctimas de una brutal agresión policiaca en pleno centro histórico de la ciudad de Puebla capital, en México.
Lo que comenzó como una revisión rutinaria derivó en una serie de atrocidades que pusieron en peligro la vida de Vite, Andrade y Solís. Los escritores se dirigían a sus respectivos domicilios cuando fueron interceptados por cuatro policías armados, quienes descendieron de una patrulla (camioneta Dodge, cuyo número se omite para no entorpecer las averiguaciones) y de inmediato los amagaron con armas largas. Golpearon a Vite, Andrade y Solís; los esposaron, los atacaron en el piso y los aventaron a la batea de la camioneta.
Los insultos, intimidaciones y vejaciones duraron aproximadamente cuarenta minutos; el comando dedicado a salvaguardar la seguridad de los habitantes de esta ciudad abandonó a los escritores en un solitario paraje a las orillas de Puebla.
La golpiza incluyó amenazas de muerte, burlas y encañonamientos con armas largas, además de una constante humillación y vejación a los escritores. La ira y violencia de los policías se desató cuando Federico Vite se identificó como reportero del periódico Intolerancia. Algunos de los insultos y amenazas que profirieron los policías durante el trayecto en la camioneta fueron: “¿Crees que por ser de la prensa no te podemos partir la madre?”, “la prensa se ha encargado de humillarnos ante la sociedad, a ver si a golpes aprenden a callarse”, “¿te crees muy cabrón sólo porque eres periodista, ahora vas a aprender a callar?”.
El evidente desprecio y rencor de los policías refleja la impunidad que desde hace tiempo rige este país. Recordemos, por ejemplo, que en el estado de Puebla se ordenó la persecución de Lydia Cacho Ribeiro; además, Puebla, de acuerdo con el Centro de Periodismo y Ética Pública (CEPET), es el cuarto lugar nacional en agresiones contra periodistas.
¿Qué confianza hay en los grupos policiacos, cuando en lugar de salvaguardar la seguridad de los habitantes son los encargados de asaltar, golpear, humillar y amenazar a los civiles? ¿Cómo es posible que el Ayuntamiento de Puebla se haya gastado un par millones de pesos en publicidad e imagen y en un año de gobierno no haya invertido el mismo capital, ni mucho menos, en sanear los cuerpos policiacos?
El combate a la delincuencia no exime, por ningún motivo, el respeto a los derechos humanos. La inseguridad es otra forma de evitar la libre expresión de ideas. Exigimos el irrestricto respeto a las garantías individuales de los escritores, hacemos público nuestro apoyo a los compañeros y manifestamos nuestro repudio en contra de estos hechos. Exigimos que se castigue a los responsables y se garantice la seguridad de Álvaro, Federico y Miguel Ángel.
El ultraje que sufrieron estos jóvenes representa también un agravio directo contra toda la comunidad literaria de Latinoamérica, por este medio nos solidarizamos con ellos.

Puebla de Zaragoza, México
14 de marzo de 2009


Gerardo Oviedo, escritor, México
Federico Vite, escritor. Guerrero
Mario Martell, periodista, Puebla
Jeremías Marquines, poeta, Guerrero
Citlali Guerrero, poeta y promotora cultural, Guerrero
Waldo Leyva, poeta, Cuba
Omar Lara, poeta, Chile
Óscar López, periodista, Puebla
Yussel Dardón, escritor, Puebla
Jesús Bartolo Bello, poeta, Guerrero
Beatriz Meyer, Escritora, Puebla
Guillermo Carrera, poeta, Puebla
Gabriela Puente, poeta, Puebla
Enrique de Jesús Pimentel, poeta, Puebla
José Prats Sariol, escritor, Cuba
Ramón Cote, poeta, Colombia
Milton Medellín, poeta, Tlaxcala
Mario Alberto Mejía, periodista, Puebla
Brenda Ríos, ensayista, Acapulco
José Antonio Mateos, filósofo, Tlaxcala
Dinora Cruz Toral, profesora, Puebla
Brahim Zamora, promotor cultural, Puebla
Rafael Toriz, escritor, Xalapa
Iván Trejo, poeta, Monterrey
Miguel Ángel Rodríguez, ensayista, Puebla
Luis Felipe Lomelí, escritor, Monterrey
Iris García, dramaturga, Guerrero
Gerardo Arturo Zepeda Ordorica, escritor, Puebla
Rodrigo Cruz, fotógrafo, Puebla
Carlos ríos, poeta, Argentina
Gregorio Cervantes, escritor, Puebla
Fernando Nieto Cadena, poeta, Ecuador
Luis Paniagua, poeta, México
Balam Rodrigo, poeta, Chiapas
Jorge A. Sánchez, poeta, Distrito Federal
Elvia Navarro, ensayista, Distrito Federal
Sigifredo E. Marín, filósofo, Zacatecas
Maritza Buendía, escritora, Zacatecas
Obet Zamora, cronista, Tuxpam, Veracuz
Jaime Ruiz, poeta, Tabasco
Daniel Peralta Guzmán, escritor, Tabasco
Benjamín González Sumhoano,
Celina Peña Guzmán, profesora, Puebla
Luis Zapata, escritor, Guerrero
Úrsula García de Gante, académica, Puebla
Marco Antonio Puente, poeta, Puebla
Araceli Torres González, profesora, Puebla
Harald Rumpler, escritor, Puebla
Ramón Rivera, profesor, Puebla
Alma Rosa Ortega, profesora, Puebla
Víctor Manuel Montiel, profesor, Puebla
Selene Ríos, reportero, Puebla.
Mara Morales, profesora, Puebla.
Mario Bojórquez, poeta, Los Mochis, Sinaloa.
Edmundo Velázquez, reportero, Puebla.
Elena Santillán, Socióloga, Argentina.
Gerado Horacio Porcayo, escritor, Puebla.
Gina Velázquez, periodista, Querétaro.
Malena Steiner, actriz, Guerrero.
José Luis Prado, escritor, Puebla.
Berta Hiriart, dramaturga, D.F.
Carmina Narro, dramaturga, D.F.
Grissel Gómez Estrada, poeta, D.F.
Evodio Escalante, profesor, D.F.
Norma de Anda Hermoso, actriz, Guerrero
Miguel Ángel Tenorio, dramaturgo, D.F.
Ninett Torres Villarreal, escritora, Distrito Federal
Ernesto Lumbreras, Escritor, D.F:
Omar Fabián, Bibliotecario, Oaxaca
Enrique Hidalgo Mellanes, poeta, Chiapas
Eduardo Mosches, poeta, D.F. México
Araceli Mancilla Zayas, escritora, Oaxaca.
Felipe Galván, dramaturgo y profesor-investigador, Puebla y DF.
Solòn Vargas Barrera, teatristas, Guerrero.
Claudio M. Morales Escobedo, promotor cultural y actor,Guerrero.

domingo, 15 de marzo de 2009

Por las calles de Dios: Apuntes para una novela negra I


Era de madrugada, supongo. Uno no debería andar tan tarde por las calles de Dios, diría cualquier abuela preocupada, menos cuando las calles están llenas de historias cortadas a punta de navaja. Pero olvidemos la hora porque no sé de cierto que tan tarde o temprano pasó aquello. Sólo imaginemos a tres hombres caminando, sobrios o alcoholizados, tampoco es importante, pero iban a su casa. Imaginemos ahora un vehículo que se detiene, a unos hombres armados que decienden, los obligan a subir, los golpean. Los tres hombres no saben qué sucede, preguntan. En respuesta más golpes. Terminan en un lote baldío, golpeados pero vivos, gracias a Dios, diría cualquier abuela con un poco de fe.
Pero la historia apenas y comienza: los agresores son delincuentes, parece obvio sí, y también policías, eso es lo que lo vuelve complicado, al menos para los agredidos. Denuncian, en asuntos internos se portan muy amables: el agente responsable les sonríe todo el tiempo. La cosa camina, les dicen, pero también caminan policías al rededor de sus casas, de las casa de sus novias, de sus lugares de trabajo. Ahora deben cambiarse: tienen miedo. ¿El final de la historia? No lo sé. Espero que sea la destitución de los policías que dedican sus ratos de ocio a golpear transeúntes.
Sí, pudiera parecer el apunte de una novela negra, pero es un caso real y yo no sé que hacer con el coraje: las calles, me parece, ya no son más de Dios, y de este lado no se puede hacer más, al menos en mi caso, que aporrear las telas de la lap top para sacar la furia, si alguien tiene una mejor idea, por favor comuníquela.

martes, 2 de diciembre de 2008

¡Feliz cumpleaños Marko!


Conocí a Marko Castillo a mediados de 2005. Yo trabajaba como reportera de la sección de cultura del diario intolerancia. Recuerdo haberlo visto varias veces en distintas actividades culturales y ruedas de prensa. Pero fue hasta que la orden del día me llevo al cierre de temporada de Yard Gal, obra dirigida por Marko Castillo, cuando verdaderamente lo conocí. Es decir, conocí al creador genial, al director de teatro, capaz de hacer de cualquier espacio un espacio escénico.
Lo conocí como dramaturgo a través de Loosers, como actor en La calle de las pasiones, como promotor teatral en la organización del Festival Héctor Azar. No había nada que Marko no hiciera por el teatro. También pude conocer, a lo largo de dos años y varias entrevistas, su manera de concebir la teatralidad.
En una de esas conversaciones Marko me dijo: “Yo debuté en el 75. Obviamente ha cambiado la forma de hacer teatro, pero lo que debe cambiar es la manera de pensar el teatro. Nosotros hacíamos teatro a contracorriente, conseguíamos espacios, hacíamos público. Ahora, por ejemplo, el condicionamiento es una característica de los grupos teatrales. Todos quieren un teatro armado, listo para trabajar”.
Recuerdo también estas palabras: “hace 32 años todo era entrega, pasión para el teatro, había madrazos entre gente de teatro, en el Teatro Principal, ahora es un pantano. En los 90 hubo un florecimiento del teatro independiente; se trabajaba en pro del teatro. Ahora ¾decía¾ no hay florecimiento de grupos, por qué, porque los egresados de las escuelas no saben trabajar. Cuando salen a la vida, pues tienen que aprender del teatro independiente, obvio. Son chiquitos, así que aprenden a chingadazos. Y si son licenciados en Teatro, o sea, conocedores de mucho, especialistas de nada, pues está más complicado: no son actores ni directores ni maquillistas ni escenógrafos, son licenciados en Teatro y eso es tan amplio como licenciado en comunicación. ¿O no?”.
Marko consideraba que la vía por la cual el teatro, fuera del ámbito comercial, se fortalece, es precisamente desde los grupos independientes y aseguraba que un elemento clave para que los grupos de teatro independiente se mantengan, es la tenacidad en el oficio. “No tenemos ¾decía¾ la capacidad de entrega ni de creer en este trabajo desde provincia y lo importante es que brote de provincia el teatro”
Marko fue siempre un teatrista comprometido con su lugar de origen, con Puebla, decía que era importante que los creadores poblanos se esforzaran por hacer crecer el movimiento del teatro local, y aseguraba que “en el teatro local, comparado con el resto del país, hay buen nivel. El problema es que no salimos, no hay intercambios, ni confrontación. Entonces, perdemos la referencia de lo que hacemos, pero hay buen nivel”.
Para Marko Castillo era importante “trabajar desde la independencia, ser autosuficiente y creer en ello como creadores, aunque lleve tiempo, eso incluye 32 años”, me dijo la última vez que lo entrevisté, en abril de 2007, después de haber sido homenajeado precisamente por 32 años de trayectoria teatral.
Marko era pues, un defensor del teatro independiente, decía: “esta forma de hacer teatro, la independiente, tiene la posibilidad de ser alternativo, porque el teatro comercial usa temas muy trillados, que ya son muy convencionales. Ya están tratados y simplificados, por eso el independiente es, a final de cuentas, el reducto que se puede tomar en la provincia”.
Quise compartir estas declaraciones de Marko, porque creo que en ellas se sintetiza de algún modo la tarea dejada por el maestro después de su muerte el 2 de agosto de 2007: sigamos trabajando con pasión, con verdadera pasión por el teatro, desde la independencia, explorando los temas en los que el teatro comercial no profundiza y que nos hablan de nuestra realidad, la realidad de la provincia mexicana, sí, pero también de la realidad de la condición humana.
Creamos en lo que hacemos, en el teatro hecho en Puebla, sin perder de vista lo que se hace en otras latitudes para que esto nos ayude a ser cada vez mejores, a que el público encuentre trabajos de calidad en los escenarios, porque esta es la única manera de que el público crezca.
Hoy, 2 de diciembre, Marko habría cumplido 51 años. Nos quedamos sin su presencia física pero nos quedan sus enseñanzas. Al final creo que lo arriba escrito, esta manera de concebir el teatro, podría ahora resumirse en una sola frase: sigamos el ejemplo de Marko Castillo.

sábado, 29 de noviembre de 2008

Héroes convocados


¿Qué tienen en común Sandokan y los tigres de Malasia, Dartagnan y los Tres Mosqueteros, Old Shatterhand y Winnetou, los Mau-Mau, Sherlock Holmes y el sabueso de los Baskerville, Wyatt Earp y Doc Holliday?
Todos son personajes de novelas de aventuras, es cierto, pero además de eso, los une su deseo de colaborar con un ex activista estudiantil mexicano para que se haga justicia y se esclarezca el genocidio cometido hace cuarenta años en la plaza de Tlatelolco.
Al menos así sucede en Héroes convocados (Manual para la toma del poder), obra teatral basada en la novela homónima de Paco Ignacio Taibo II, adaptada y dirigida por Felipe Galván, que se entrenó el 1 de octubre en el Teatro Benito Juárez de la ciudad de México y que próximamente será presentada en la ciudad de Puebla.
La puesta en escena tiene como columna vertebral el ¿alucine? de Nestor Roca, un ex activista estudiantil sesentaiochero que en plena convalecencia ¾después de haber sido apuñalado por un asesino serial al que persigue en su labor de reportero¾, convoca a sus héroes literarios para que lo ayuden a consumar su venganza contra el régimen de Díaz Ordaz.
Se trata de un ejercicio en el que la literatura, y ahora el teatro, se enfrenta al poder. Donde el espectador puede saber qué pasaría si contara con héroes, como los creados por Salgari, Conan Doyle o Dumas, para defenderlo de los abusos cometidos por quienes detentan la autoridad.
En medio de esta historia están los relatos, convertidos en monólogos, de personajes cercanos al protagonista, quienes narran sus experiencias en el movimiento desde distintas perspectivas: estudiantes, académicos, guerrilleros, dirigentes obreros..., todos ellos comprometidos con el cambio social en México, un cambio que a cuarenta años no ha sido posible.
¿Qué pasó?, reflexiona uno de los personajes, “éramos unos escuincles babosos y eso nos dio unos güevotes”, dice, y relata manera en que como estudiantes se enfrentaban a los granaderos al grado de tomar las granadas con la mano y aventarlas de regreso, sin embargo, cuando llegaron los de la Brigada Blanca y los del Batallón Olimpia, montando tanquetas militares en lugar de caballos, “aquellos güevotes se nos hicieron asunto de palomitas”.
La represión acabó con el valor de los activistas, no de todos, pero sí de la mayoría, por eso era necesario convocar a los héroes, para darles a los militares responsables de la matanza un escarmiento, al menos en la ficción. También hacía falta la perspicacia y el poder analítico de Sherlock Holmes para descubrir a quienes fraguaron la muerte de toda una generación, o al menos el asesinato impune de su conciencia crítica.
Al finalizar la función de estreno, Paco Ignacio Taibo II, que se encontraba entre los asistentes, dijo que la reflexión obligada es que “la fiesta no ha terminado”, porque los motivos de aquella lucha siguen siendo vigentes, ya que ahora hay más presos políticos que entonces, el autoritarismo criminal sobrevive y vivimos en la lógica del fraude electoral, “si los motivos sobreviven hay que seguir luchando”.

martes, 27 de mayo de 2008

Desiertos o las fronteras de la condición humana*


Hace dos años, entrevistado después de una conferencia ofrecida en Puebla sobre el teatro en México, el dramaturgo norteño Víctor Hugo Rascón Banda se refirió a la novísima generación de dramaturgos mexicanos, es decir, los nacidos en la década de los setenta, como la generación del agua, asegurando que esta nueva camada de creadores dramáticos eran incoloros, inodoros e insípidos, su teatro, dijo el autor de Contrabando, “no sabe a México, no huele a México. Son obras bien hechas, muy modernas, con las técnicas más contemporáneas de la creación, pero están vacías porque no tocan la realidad”.
Afortunadamente para quienes hacemos teatro, ya sea como directores, actores o espectadores, hoy estamos aquí para refutar las palabras del maestro. Desiertos, de Hugo Alfredo Hinojosa, publicado en 2007 por el Fondo Editorial Tierra Adentro, es un libro que reúne tres obras dramáticas en las que encontramos el olor abrupto de lo desahuciado, el colorido árido de la desolación y el sabor áspero de la espera infructuosa. Desiertos es un libro que sí toca la realidad: la realidad de la frontera, o mejo dicho, la frontera como otra realidad.
Las obras que lo integran: Desiertos, Charlie y Equilibristas, nos permiten encontrarnos con las distintas nociones de frontera: intermedio, fisura, fractura, separación y límite. Nociones que nos indican más que una división entre países o una posición en el mapa: nos señalan el cisma insalvable entre los seres humanos.
Desiertos, la primera y más extensa de estas piezas teatrales, es un mosaico de historias fragmentadas que hablan de migración, violencia y racismo, temas que crecen en los bordes geográficos. El tiempo es ahora porque estas historias pueden estar sucediendo en este mismo instante. Los espacios son diversos: al mismo tiempo estamos en el corazón del desierto, la calle, casas o velatorios, dentro de la caja de un tráiler, en una oficina o bajo tierra.
El autor construye, con voces discordantes, una visión de la frontera norte de México: indocumentados, polleros, los hombres que se fueron y las mujeres que se quedaron, una niña mutilada, un francotirador, un hombre en busca de la fe y otro, un predicador, que cree que la ha encontrado, son algunos de los personajes que se enfrentan al mundo, porque en esta historia, o mejor dicho, historias, el villano es el mundo, y “la gente del mundo”, que es como llama el autor de manera genérica a algunos sus personajes, no hace más que acomodarse a las circunstancias. Todos son víctimas con ganas de vengarse. Y cada uno cree, por malo que pueda parecernos desde afuera, que hacen lo correcto.
Aunque lo mismo nos topamos con vendedores ambulantes, agentes de seguros o madres abandonadas que nos cuentan sus historias, los personajes centrales de la obra son el grupo de hombres atrapados dentro de la caja de un tráiler: un espacio cerrado, oscuro, en el que 18 inmigrantes, entre ellos un niño, esperan cruzar la frontera. Una nota periodística que el autor incorpora al principio de la obra, como guiño a la realidad, nos informa: “murieron asfixiados cuando viajaban en un remolque, que fue abandonado en Victoria”, esa es la paradoja: cruzaron la frontera, si bien una distinta a la que ellos esperaban, la muerte en lugar del sueño americano.
Nos encontramos aquí con la tragedia como frontera entre la visibilidad y la invisibilidad. Porque hay hombres y mujeres a los que sólo el sufrimiento atroz les hace posible ocupar titulares en los periódicos. Aunque luego nos olvidemos de sus nombres o nunca lleguen a tenerlos. Como la niña mutilada, noticia vieja o leyenda urbana, pero al final de cuentas ya parte del imaginario, convertida en corrido, en cadena de correo electrónico, a la que se le cayeron las manos después de que su padre se las ató con un alambre para evitar que hiciera travesuras. Es a este personaje a quien Hinojosa deja la tarea de insinuar un culpable del estado de las cosas, de manifestar que el perdón, en un mundo de víctimas, es una falacia:

Quisiera ser un rayo de luz para rebotar por las paredes y salir disparada hacia el cielo; pero mi mamá dice que eso no se puede hacer. […] Si fuera un rayo de luz me iría hasta el cielo para estar junto a Dios; le diría que no es un Dios bueno, que es mentira que nosotros queremos a quienes nos lastiman. Si Dios me pide perdón, voy a alumbrarlo tan fuerte que lo dejaré ciego. Dios mío, voy a platicar contigo y espero no me pidas perdón. (Hinojosa, 2007: 52)

La segunda pieza es un monólogo breve, Charlie, en el que el autor nos muestra el presente como lugar tránsito entre la vida y la muerte. El tema es la guerra: la guerra como patria añorada, como hogar, cómo único lugar en el que la vida tenía un sentido. La paz es la frontera que se debe atravesar antes de la batalla siguiente, aunque en el caso de este personaje, viejo, acabado, no habrá regreso a la selva, a ese espacio en el que no se pedía permiso para matar o morir.
El tiempo: después, mucho después, de un conflicto bélico contra “los amarillos”. El espacio: un asilo del que los veteranos de guerra, antes héroes y hoy viejos en el olvido, no pueden escapar, no tienen a dónde escapar, a menos que se desee terminar pidiendo limosna en un semáforo.
El autor no da detalles sobre el personaje que habla, dirigiéndose a Charlie, “como uno de esos profetas que dicen lo que piensan y nada más”. Podemos imaginarnos a un hombre de setenta años, “¿te agrada esa edad?”, pregunta el personaje a su mudo interlocutor; podemos ver a un veterano, con cicatrices viejas y heridas permanentes, conversando con uno de los suyos.

Y ahora estamos aquí, haciéndonos viejos, con la muerte sentada a nuestro lado, esperándonos. Si te levantas y dices: hoy me siento bien; ella te manda un dolor o te da una mordida en la espalda, en los riñones, en el corazón. Parece que dice: no dejen a este imbécil seguir caminando en la tierra. (: 68)

También son personajes parados en el borde por otras circunstancias. La guerra, o al menos el recuerdo de la guerra, es la frontera entre la cordura y la demencia, entre las ganas de vivir y las ganas de matar:

¿Sabes quien fue inteligente?: Scott, […] ¿Sabes que hizo? Fácil. Mira, se levantó temprano, escúchame, fue con su familia a un McDonal’s, comieron; sus niños jugaron, la gente sonreía. Su mujer lo abraza, no sé si le dijo que lo amaba… No me importa… se hartó, Charlie. Su familia terminó de comer; llegaron a casa y el va y saca su revólver, su escopeta y se regresa al restaurante. Los mato a todos. […] Él sí supo qué hacer, Charlie. (:68)

Equilibristas, la obra que cierra el volumen apuesta nuevamente por la fragmentación. En ella El hombre, podríamos decir un heroinómano, aunque eso sólo es un pretexto para mostrarnos su condición de hombre desolado, va a lomo de caballo entre la realidad y el alucine, entre la carencia representada por el mundo, otra vez el villano de la historia, y la búsqueda de satisfacción que en este caso es un sueño con fronteras interiores: El ser humano como medida de su necesidad, como límite entre lo que ha sido y lo que desea ser.
Los personajes se susurran cosas al oído que quedan vedadas para nosotros, lectores o espectadores. Tal vez sean respuestas. Lo que nos llega en susurros son las múltiples preguntas que se hacen los hombres sobre la existencia de Dios, sobre el mundo y sobre su ser en el mundo. Quizá las mismas preguntas que se hace el autor en su condición de filósofo y que nadie alcanza a contestar.
Además de los hombres hay una mujer y un niño. La mujer, la única mujer como símbolo de la tierra, de la vida, arrastra a sus hijos del cordón umbilical. El niño, uno de tantos niños, quiere morir para volver a nacer. También hay médicos y magos, los primeros trabajan con el cuerpo del hombre, y los otros intentan con su alma, con sus recuerdos: ¿Cuál es la frontera entre la realidad y el sueño? No podemos saberlo.
Los personajes de Hinojosa están parados en el borde de la insatisfacción. Las opciones: resignarse o transgredir. Hay un símbolo que se repite: la sed: son personajes con sed. La carencia es lo que los impulsa a trasgredir la frontera. En Desiertos, uno de los hombres atrapados en la caja del tráiler pregunta: “¿Quién me da un beso para que se me quite la sed, las ganas de beber, de amar?” En Equilibristas, El Hombre dice algo parecido: “¿Puede darme un beso?, tengo sed”. La sed, la carencia que puede apagarse con un beso, el contacto con el otro, pero en ninguno de los casos el otro está dispuesto al contacto.
A través de las obras contenidas en este volumen, Hinojosa nos muestran las distintas fronteras con las que se topa el ser humano. Esas que tienen que ver con su condición de ser en tránsito: siempre entre un lugar y otro, siempre entre un tiempo y otro, siempre entre un sentimiento y otro. Las constantes son la muerte, la angustia, la falta de compasión, el miedo, el resentimiento, el egoísmo. La frontera no es un umbral ni un puente, no establece una conexión, sin embargo, abre una posibilidad de una vida mejor del otro lado. Eso es lo que mueve a los personajes en su calidad de seres incompletos, la búsqueda de un mejor destino.
Pero la frontera también es mixtura, hibridación, retroalimentación, convergencia. Este libro es un ejemplo de cómo las fronteras entre los géneros literarios se diluyen: narrativa y dramaturgia se funden en lo que a algunos les ha dado por llamar “narraturgia” y que no es otra cosa que hacer del personaje un narrador al que no le “suceden” las cosas como en el teatro aristotélicos, sino que “cuenta” lo que le ocurre y reflexiona sobre ello. La acción está en el diálogo, el peso en la capacidad evocadora de la palabra.
La última frontera por cruzar será la que lleve a estos personajes del texto a la escena. Pero como todas las fronteras supone un reto. No es fácil. Así que mientras eso sucede los invito a traspasar la frontera por ustedes mismos y hacer, con la lectura, su propia puesta en escena.




*Texto leído el jueves 24 de abril de 2008 en la Universidad Autónoma de Puebla, para la presentación del libro Desiertos de Hugo Alfredo Hinojosa