domingo, 2 de noviembre de 2014

Acapulco dealer

Turistas que impúdicamente toman fotografías de un ejecutado para guardarlas como recuerdos de su viaje a Acapulco, un ex alcalde canadiense que refrenda sus votos de amor en La Quebrada, una madre y sus hijos a quienes la violencia toca en forma de ráfaga de cuernos de chivo en plena Costera, sicarios metidos a documentalistas subiendo sus torturas a YouTube, ex policías apodados La Maña encargados de cobrar a los comerciantes el derecho de piso, y por supuesto, un Acapulco dealer, son algunos de los personajes por medio de los cuales David Espino nos cuenta el proceso de degradación que ha vivido este puerto a lo largo de los últimos años, o más precisamente, en el último sexenio.
Todos hemos sido testigos, aunque sea de lejitos, pero nunca tan lejos como lo desearíamos, de cómo la bahía de Santa Lucía se fue llenando de sangre, de miembros cercenados y de miedo. La guerra contra el narco, o mejor dicho, el enfrentamiento de los cárteles por esta plaza, o más precisamente aquella balacera en La Garita a partir de la cual  la violencia corrió como el hilo de naylón de una media barata, ha marcado nuestra historia. ¿Antes o después de La Garita?, podríamos preguntar ahora para darnos una idea del tiempo en que ocurrieron las cosas. ¿Antes? Antes del 2006, enero. ¿Mucho antes? Ni siquiera había llagado a Acapulco Tony Tormenta, el del Cártel del Golfo, a pelearle la plaza a los de Sinaloa. Entonces iniciaba el siglo.
Las tragedias nos marcan aunque sean ajenas, definen nuestra historia aunque sólo creamos ser testigos, porque nos recuerdan nuestra vulnerabilidad, y aquella balacera en enero del 2006 nos hizo sentir a todos vulnerados. Me parece poco probable que a quienes nos tocó vivir este tiempo y espacio podamos olvidarla. Pero más allá del número de muertos, de los detalles divulgados o imaginados de las ejecuciones que nos aterrorizan, es la incertidumbre la que fermenta el miedo. No sabemos qué es lo que está pasando. La única manera de controlar el miedo es buscar poseer alguna certeza, por pequeña que sea y aunque no nos agrade.
He aquí la importancia de este libro. Nos ayuda a reconstruir nuestra historia reciente, a entender lo que nos está pasando, el porqué de los muertos, el cierre de algunos negocios y la apertura sorpresiva de otros tantos, las casa en venta. Nos ayuda a encontrar una cierta lógica, por terrible que sea, de los acontecimientos que se precipitan a nuestro alrededor, más cerca de lo que quisiéramos. Quizá la última certeza, la única certeza que buscábamos, era decir “venían por ellos, no por mí”, “tenían razones para buscarlo, yo –aún- estoy a salvo”. Pero llega un momento en que esa certeza tan precaria no nos es suficiente, porque resulta que ya todos tenemos un hermano al que han encañonado; un vecino con el que jugábamos de niños que amaneció muerto, destazado; una amiga que cuida a su marido en el hospital porque quedó en medio de un tiroteo entre policías y un grupo armado. Es entonces cuando tenemos la certeza, cómo dice Espino en Un pueblo de paso, de estar solos “en medio de la vorágine”.
Sí estamos solos, porque nuestras instituciones nos han abandonado. Quizá todos, en todos los niveles de gobierno, excepto Calderón piensen lo mismo, aunque sólo Zeferino se atrevió a decirlo en voz alta cuando le preguntaron si iba a hacer algo contra el narcotráfico, tal vez no fueron sus palabras exactas, pero así aparecieron en los diarios: “No puedo ni quiero”. Pero el que pudo y quiso, porque estaba bien resguardado por el estado mayor presidencial y se nombra jefe de las fuerzas armadas por seis años, el que pudo y quiso abrir la caja de pandora, nos deja ahora este mundo, nuestro mundo, acechado por el mal y sin el respaldo de un sistema de justicia confiable. Cada vez hay más muertos, cito a David Espino “metidos al saco con la etiqueta: En algo andarían”.
Y es que no queremos, y esto incluye a peritos, agentes del MP, policías, magistrados, que también son humanos, pensar que la muerte violenta es algo que le puede pasar a cualquiera, no queremos nombrar lo que pasa, por temor a invocarlo, por eso, dice David Espino: “El eufemismo se ha hecho el recurso más recurrente para referirse a los sicarios al servicio del narcotráfico o a los narcos mismos. Los malos, los malandrines, dice la gente sin despegar mucho los labios, aun en sus casas, por temor a que quien vaya pasando sea uno de ellos. Ya no se sabe. Incluso los funcionarios municipales, de seguridad y de orden público, prefieren guardar silencio”.
Pero no sólo Acapulco está presente, David espino también nos cuenta la transformación de Chilpancingo de pueblo de paso a tierra de asesinatos seriales, ejecuciones sumarias, levantones y descuartizados. Nos habla del silencio y el miedo reproduciéndose en San Luis la Loma luego del asesinato de la familia de Rubén El Nene Granados Vargas. Nos relata cómo los municipios de la Tierra Caliente se fueron llenando de trocas y enfrentamientos.
Pero no todo es tristura y no todo es miedo: quizá mi crónica favorita es la que nos permite tener un poco de esperanza: Abrazos contra la narcoviolencia, se llama y nos cuenta de un grupo de personas que se ponen de acuerdo para salir a la Plaza Cívica en Chilpancingo a repartir abrazos. “Es un modo de responder a tanta violencia. Esta debe ser la otra cara de la realidad del país y del estado. Ante la violencia, el afecto que tanta falta nos hace”.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Negras intenciones o ¿de qué sirve la literatura policiaca?


El día que me entregaron el ejemplar de Negras intenciones. Antología del género negro, publicado por editorial Jus, leí un tuit que preguntaba: ¿a quién le sirve otra novela sobre el narco?
Vi junto a la computadora el volumen de pastas negras, con una pistola con punta de estilográfica en la portada, y no pude evitar parafrasear la pregunta: ¿a quién le sirve otro cuento, otros quince cuentos sobre la violencia en México?
Es común que en las presentaciones de libros de este tipo la gente cuestione: ¿por qué hablar de la violencia si ya la vemos todos los días en la vida real, si de ella están llenos los periódicos y los noticiarios? ¿Por qué leerla?
Leo literatura negra porque me gusta, por eso me entusiasmó la invitación a presentar esta antología dentro del Tercer Encuentro de Escritores del Pacífico, pero quizá, y digo quizá, el gusto no es razón suficiente, sobre todo si tengo que convencer a los demás de leer estas historias, y digo convencer, porque de verdad vale la pena leerlas.
Aseguran los que saben, y me refiero a investigadores que han hecho estudios sobre consumo cultural, que la gente lee historias policiacas, negras, de detectives o como quieran llamarlas, por dos razones: una, para evadirse de una vida monótona; y dos, para descifrar su realidad. Negras intenciones puede ser útil para ambos propósitos.
Por ejemplo, el cuento con el que inicia la antología, titulado “Detrás del negro”, nos atrapa con su aparente recuperación de la estructura del relato clásico de detectives: El investigador privado, Sunny Pascual, es contratado, no para resolver, sino para impedir un asesinato.
No falta el tiroteo entre el sabueso mercenario que protege a un cantante y los guaruras de un narco, sólo para descubrir que todos los que tienen el dinero para contratar seguridad privada están del mismo bando. El cuento nos sirve, y digo nos sirve contestando a la pregunta del principio, para darnos cuenta de que en este país hay crímenes peores que los que se cometen con un arma en la mano.
En este libro hay de todo como en botica, están presentes todas las recetas estructurales que desde Allan Poe hasta Paul Auster y James Ellroy han construido el género (o subgénero para no ofender a los puristas). Hay historias lineales y juegos temporales; hay cadáveres y balazos; y a veces hasta ganas de descubrir a la asesino; y digo a veces porque en estos relatos sucede lo que con la justicia mexicana: también hay quien prefiere hacerse de la vista gorda.
Hay principios que pueden servir en los talleres literarios como ejemplo de cómo comenzar una historia: “Quince minutos antes de que su cabeza volara en pedazos por un escopetazo, el policía auxiliar Ceferino Martínez, El Oaxaca, terminó el último rondín de la noche”, dice BEF en su cuento Gorilas, como una muestra de la pericia narrativa que lo llevo a obtener el premio Otra vuelta de tuerca con su novela Tiempo de Alacranes.
Hay personajes complejos como la anciana invalida -en Al fondo del baúl, escrito por Edgar Omar Avilés-, que cita en su casa a un reportero para contarle que “Sí […]: estuve muy cerca de un crimen monstruoso”, y a partir de esa frase, como una nueva Sherezada, va hilando historias que nunca queda claro si son producto de su imaginación o pasaron en realidad, pero encantan con la dosis de morbo necesaria.
Personajes entrañables como el albañil -en El disparate de Orlando Ortiz- que asalta un banco para darle gustos caros a la jovencita con la que anda; y personajes perversos como el policía -en El antojo de J.M. Servín- que decide dejarse llevar por el impulso de acariciarle las piernas a un cadáver.
Hay cuentos que se parecen mucho a un reportaje, como Amores azucarados de Yolanda de la Torre -única mujer antologada-, basado en un el caso del Caníbal de la Guerrero, pero contado desde la perspectiva de la víctima. Hay cuentos que se parecen a una película que ya vimos, como Pistoleros famosos de Paul Medrano -único guerrerense de la antología-, pero que resulta distinta porque la víctima del principio resultó que no era buena gente.
Hay cuentos que más allá de las rubias platinadas en peligro, los cadáveres flotando en la alberca, los policías corruptos, los bármanes metidos a detectives, pertenecen no sólo al género negro, sino a la literatura sin adjetivos, porque construyen un universo entre sus páginas, como El último grito de Tarzán, de Benito Taibo, con el que se cierra esta antología.
En este libro conviven todos los elementos que conforman la literatura policiaca, el género negro, hay acción y suspenso, pero sobre todo, hay un universo que se construye a través de quince miradas, quince historias que nos sirven para repensar el mundo en que vivimos.

viernes, 17 de septiembre de 2010

La huella persistente de Helen Escobedo


Me entero, dos días después, de la muerte de Helen Escobedo. Pienso en un hombre de paja en un parque público, en una procesión de hombres de paja. Los refugiados, se llamó esa instalación que la artista realizó en el parque Moorweide, en Hamburgo, Alemania, en 1997. La recuerdo porque, en noviembre de 2006, la propia artista nos habló de ella.

Helen nos contó que un día, algunas de las figuras amanecieron en el piso, que entonces la gente que visitaba el parque comezó a levantarlas, que a las que no conseguían mantenerse en pie las apoyaban en las figuras que no habían sido derribadas; la procesión de Los refugiados cobró vida.

Helen escobedo estuvo en Puebla en noviembre 2006 para participar en el programa de arte contemporáneo Cambio de Vía, organizado por el Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Ferrocarrilero, en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.

La exposición se llamó “El hoy del ayer” y consistió en doce instalaciones elaboradas a partir de objetos relacionados con la cultura ferroviaria, elementos que el museo tenía en las bodegas y que de alguna manera reflejaban “su pasado y su presente” lo que dió título a la exposición.

Les comparto la nota publicada el 10 de noviembre de 2006 en el periódico intolerancia:



Reinterpreta Helen Escobedo el patrimonio ferroviario
La artista pretende “dejar huellas persistentes en la memoria de la gente, no en la materia”


Iris García Cuevas/ Doce instalaciones elaboradas a partir de objetos relacionados con la cultura ferroviaria, conforman la exposición “El hoy del ayer”, con la que la artista Helen Escobedo participa en el programa de arte contemporáneo Cambio de Vía, organizado por el Centro Nacional para la Preservación del Patrimonio Ferrocarrilero, y que se inaugura mañana a las 13:00 horas en el Museo Nacional de los Ferrocarriles Mexicanos.


Pasado y presente del tren

Escobedo, quien recientemente recibió un homenaje por parte de la Universidad Nacional Autónoma de México por los 50 años de su trayectoria artística, explicó que las instalaciones, que se ubicarán tanto en las salas de exposición como en los jardines del recinto, parten de elementos que el museo tenía en las bodegas y que de alguna manera reflejan “su pasado y su presente” lo que da el título a la exposición.

Dijo que “es un poco tomar la parte nostálgica” comenzando por los recuerdos de sus propios viajes por tren cuando era niña a las ciudades de Aguascalientes, Veracruz, Oaxaca y Puebla, para tratar de compartir “el sentimiento tan lindo que los jóvenes de hoy no conocen, porque nunca se han subido en un tren, no saben cómo se siente, cómo vibra de noche”.


Las instalaciones

Para esta exposición se abrió la puerta original de la estación, que se encontraba convertida en una ventana, para que la gente “entre por la calle como se usaba antes”, dentro de la estación se encontrará con un rompecabezas gigante de una locomotora que será armado por el público; también con un “cinito”, donde se exhibirán películas relacionadas con el tren y la gente se sentará en las bancas originales de la estación.

Las siguientes salas utilizan juegos de luz y sombras, una de las constantes de Helen Escobedo, en una de ellas los clavos de riel colgados de un panel puntean en el piso, gracias a la luz, la figura de una locomotora; también se presentarán objetos ferroviarios a contraluz que aunque pueden resultar desconocidos “son maravillosos visualmente”. También habrá juegos de espejos para provocar efectos visuales con los rieles entre otras propuestas.


Arte como retroalimentación

Helen Escobedo comentó que en sus propuestas artísticas siempre trabaja con “lo que ahí está”, porque sus instalaciones son para un público específico en un periodo de tiempo determinado, y de esta manera, una vez que este tiempo, corto o largo, termina, los materiales vuelven a su lugar de origen.

El trabajar con los materiales existentes en el lugar de trabajo implica un reconocimiento del espacio y sus posibilidades, lo que le permite también conocer “los problemas del sitio, los ecos del mismo lugar; lo que busco es ese color, sabores, ruidos, vibraciones que ya ese sitio tiene y que me va a retroalimentar”; para ello, procura no llegar con ideas preestablecidas de lo que será la instalación, sino crearla a partir de las necesidades que encuentra.


Lo importante es la idea

En este sentido la curadora de la muestra, Graciela Schmilchuk —quien recientemente publicó un libro sobre el arte efímero de Helen Escobedo—, comentó que en la obra de esta artista hay “un desplazamiento del proceso creativo a nivel conceptual y de ideas, el desafío es como pensar rápido, imaginar o inventar a partir de materiales dados o posibles” por lo que en ella “el proceso mental es muy importante”.

Explicó también que a diferencia de otros artistas, a Helen Escobedo “no le interesa el aspecto artesanal, trabajar cada cosa con sus manos, sino que lo puede hacer otra persona pero el acabado final tiene un control de calidad absoluto, de manera que la noción de autoría se diluye y se comparte; son ideas que ella expresa y puede delegar su realización”; lo que la artista busca, dijo, “es dejar huellas persistentes en la memoria de la gente, pero no en la materia, no en los objetos sino en los espacios”.